-Simplemente digo que me parece curioso-, matiza el médico-. Es la primera radiografía donde veo brillar un alma-. Ambos se quedan un rato callados. Tras la pausa de meditación, le pregunta si ha comido algo raro últimamente o si ha estado expuesto a material radioactivo. –No -contesta el paciente y el facultativo tuerce el gesto. Las almas brillantes no deben de ser muy buenas para la salud porque el enfermo se va de la consulta con su sentencia de muerte en el bolsillo y un formulario a rellenar, un tanto macabro, donde cede su cuerpo a la facultad médico-teológica más prestigiosa del país.
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