Amok (del malayo “amok” o del tagalo “hamoc”) m. Entre los malayos, ataque de locura con impulsos homicidas.
Muchas historias empiezan para nosotros al ver el cadáver, con su boca torcida, su rigidez y esos ojos de vidrio que nunca nos miran aunque lo creamos. Para el finado, su historia siempre comienza trágicamente antes. Suele ser un inicio estúpido, sin muchos datos que presagien el final. De este tipo fue el de nuestro protagonista. Un día antes de estamparse como un cuadro abstracto contra la acera, Pedrito aún era Pedrito, y no P.F.R., joven de 26 años, muerto en extrañas circunstancias. Pedrito se levantó esa mañana con mucha sed. Se sirvió un vaso de agua, pero seguía teniendo sed, cada vez más y más sed: sed de arena y sal que le crecía con cada vaso que tomaba. Daba igual que bebiera vino, zumo o cualquier tipo de gaseosa: el resultado siempre era el mismo. Como buen ciudadano, fue al médico. El médico, por su parte, se comportó como un buen médico y le recetó una de esas medicinas caras e inútiles. Las pastillas le dieron todavía más sed. A esas alturas, la sed de Pedrito lo estaba llevando al borde de la locura. Corrió de un lado en busca del líquido milagroso que lo salvara del horror. Probó la cerveza, el cava, la sidra, chupar hielo, comer sandía, tomar su propia sangre... Y ahí encontró la solución.
Cómo le afecta a una persona normal el hecho de verse obligado a beber sangre. Me imagino que mal. Sobre todo con tantas historias de vampiros de chulesco porte decimonónico. Dónde estaban los colmillos que tanto le hubieran facilitado la extracción del oro líquido. Dónde no verse en los espejos, dónde la fotofobia. Tonterías y más tonterías. A plena luz de día salió de caza, una caza humana que lo deshumanizaba. Frustrado, aliviado, encontró un ancianito y, con más saña que maña, lo esquinó en un portal y abrió una fuente en sus entrañas con un cuchillo jamonero. La bebida no era de mucha calidad: sangre de viejo, con sabor a mojama de urea, con restos de alcohol y fármacos, regusto a metales pesados y un poso a enfermedad mal encarada.
Cuando terminó, se limpió los restos de la boca y escapó. La sed se había ido, pero en su lugar le nació una nueva avidez. Más sangre. Sí, mejor sangre, más rica, más joven, sangre afrutada y exótica. Sangre de gourmet; ansia de sibarita. Después se cree que se tiró por la ventana por su sentido de la culpabilidad. Bueno, eso dicen algunos, entre ellos la policía, que no entiende mucho de estas cosas. Yo, que poseo esa extraña cualidad de entender las mentes enfermas, creo que no soportó el hecho de tener, en todo momento, dentro de sí aquello que más deseaba. Porque, al poder comparar, se dio cuenta de que la sangre más rica de todas era la suya. Y la oía latir, moverse en su interior, la sentía circular por su cerebro en un pum-pum enloquecedor. Cómo si no se explica que, cuando su cadáver de ojos de vidrio, boca torcida y rigidez mortecina, se estampó contra el suelo, ni una sola gota de sangre se encharcó a su alrededor. Que le abran el estómago. Que le abran el estómago para llevarme la contraria. La razón está de mi parte. La sangre sube a mi cabeza mientras lo pienso. Pum-púm. Qué sed.
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