Nunca estuvo bien visto tener el pelo rojo. Las cosas se pusieron peor cuando los morenos y los rubios se aunaron para decir que el pelo rojo era una decisión personal y que, por tanto, cualquiera como yo sólo necesitaba querer cambiar para llegar a hacerlo. Papámoreno optó por llevarme a terapia para pelirrojos. Allí nos explicaron cómo podíamos variar el color de nuestras melenas si lo deseábamos con fervor. A mí no es que me apeteciera mucho, pero Mamárubia lloraba sin parar, así que me esforcé en que el rojo desapareciera. Nunca lo logré, por mucho que seguí sus instrucciones, y Mamárubia lloraba y me miraba con tristeza, mientras Papámoreno se echaba la culpa en silencio mientras conducía. No lo resití más y acabé comprándome, a escondidas, un tinte moreno que me cubrió mi color natural. A la mañana siguiente mentí en terapia sobre las maravillas de mi nueva vida. Todos me aplaudieron y volví a casa, un poco más sabio, observando por la ventanilla del coche a quién se le empezaban a notar las raíces rojas bajo un tinte que reconocí, por primera vez y con auténtica sorpresa, en muchos de mis vecinos.
(De Eva Mar Santurio, Historias para mirar con lupa)
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